Mientras la sociedad habla de sexualidad, reproducción, o relaciones sentimentales, la Iglesia engloba estas realidades en el amor humano. Por aclarar: ¿A qué se refiere la Iglesia cuando habla de amor humano?
El amor humano hace referencia a la vocación primordial de toda persona
humana, varón o mujer, creada a imagen de Dios, que es el Amor. La
lógica del amor humano es el don, porque amar es darse a otro, procurar
su bien. De ahí que el amor conyugal sea la donación de un hombre y de
una mujer, en la que el cuerpo humano se hace lenguaje del amor y
posibilita la comunión de las personas.
Este mensaje de la Iglesia sobre el amor humano, ¿es sólo aplicable a los católicos, o afecta a todos?
El mensaje de la Iglesia sobre el amor humano es universal, ya que el
amor forma parte de lo específicamente humano. Lo que hace la Iglesia,
que sabe que el corazón del hombre está herido por el pecado, es
anunciar la gracia de Cristo, que nos capacita para amar. Nosotros
sabemos que muchas personas quieren amarse y no pueden. En realidad,
sólo la gracia redime el corazón.
¿Por qué es importante que, en la situación actual de España, la Iglesia se pronuncie sobre este tema?
Porque la Iglesia es experta en humanidad y sabe que el hombre no puede
vivir sin amor, sin saberse amado y poder amar. Ahora bien, el amor no
es simplemente una emoción o un sentimiento. El amor es una decisión que
orienta nuestra voluntad siempre hacia el bien de la persona amada. Es
decir, que el amor se aprende, y la Iglesia, como Maestra, tiene una
misión educadora.
A los españoles, ¿nos falta formación y coherencia para vivir el amor humano que propone la Iglesia?
Todos los católicos tenemos necesidad de modelos de referencia. Por eso
son tan importantes los matrimonios que, con su fidelidad, hacen
resplandecer la belleza del amor. El amor vivido con coherencia y
lealtad es contagioso. Y, en ese sentido, la formación y las enseñanzas
de la Iglesia nos ayudan a descubrir las claves del amor humano.
La Iglesia explica que vivir la sexualidad de una forma desordenada, esto es, alejada del plan de Dios para la persona, destruye a la persona. ¿Por qué?
Se vive una sexualidad desordenada cuando los instintos o los afectos de
la persona se desvían de la verdad del amor. Por eso, una persona que
no sepa gobernar sus impulsos, o que se guíe sólo por las emociones,
tiene su libertad atrapada; no conduce su vida, sino que es conducido y
arrastrado. Y de ahí que, al no guiarse por la verdad del amor,
fácilmente va a la deriva y se destruye a sí mismo. Sólo la verdad y el
bien construyen a la persona en su dignidad.
Muchas parejas de novios que se quieren, y que no buscan
sólo el placer de una noche, mantienen relaciones sexuales antes del
matrimonio y lo ven normal.
¿Cómo se les muestra la importancia de la castidad?
Un punto de partida: la castidad es la virtud que integra en la persona
humana el impulso erótico y los afectos. Por eso, la castidad, que
supone el autodominio, custodia el verdadero amor. A los jóvenes hay que
explicarles que la castidad posibilita la auténtica libertad para el
don; y que el acto conyugal es la expresión de donación de la persona
humana en su totalidad, y por eso requiere la fidelidad propia del
matrimonio.
También ocurre lo mismo con matrimonios que usan métodos
anticonceptivos cuando no quieren, o creen que no les resulta
materialmente posible, tener más hijos...
La totalidad de la entrega que supone el acto conyugal no es compatible
con reservas de ninguna clase, porque lo que se da es la persona, en el
lenguaje del cuerpo. La anticoncepción falsea el amor. Otro asunto es,
cuando hay motivos justos y graves, recurrir a la unión conyugal en los
días no fecundos, teniendo en cuenta el ciclo de la mujer. El amor,
cuando es verdadero, no admite trampas.
Hay quien dice, de forma claramente despectiva, que la Iglesia no tiene competencia para hablar sobre amor humano, y que qué sabrán los curas sobre sexualidad y matrimonio, si no están casados...
La Iglesia conoce muy bien el corazón humano, porque ha recibido la
sabiduría de Cristo. Y Él es el verdadero Maestro que nos capacita para
enseñar, siempre con misericordia, el camino que conduce a la meta del
auténtico amor.
En su homilía del Viernes Santo habló del engaño del
pecado, y de cómo Dios no está al margen del sufrimiento del hombre. Y
citó, entre otros ejemplos, a las familias rotas, a las prostitutas y
quienes acuden a ellas, o a los jóvenes que se introducen en el mundo de
la homosexualidad para probar experiencias y encuentran el infierno. Es una realidad constatable, pero, incluso, le han denunciado por homofobia. ¿Hay grupos interesados en que la Iglesia guarde silencio sobre la verdad de la sexualidad humana?
Poner en evidencia las heridas del corazón humano, los pecados que
destruyen al hombre, resulta siempre incómodo. Es evidente que existen
grupos que quieren silenciar a la Iglesia y, de manera particular, a los
obispos. Pero callar sería pecar de omisión y no ser fiel a la misión
encomendada por Cristo. Las palabras de la Iglesia prolongan el
Evangelio de Jesucristo y anuncian siempre misericordia y perdón. A
través de la confesión, los sacerdotes conocemos muchos
infiernos, y hemos de denunciarlos, y de anunciar la gracia de la Redención. Yo hago mías las palabras de san Pablo:
¡ Ay de mí si no evangelizare!
¿En qué consiste el verdadero respeto a un homosexual?
El respeto que merece toda persona es la verdad y el amor. La Iglesia
ama y respeta a todas las personas, también a las que sienten
inclinación hacia otras personas de su mismo sexo. Son mis hermanos y
forman parte de mi familia. Nadie debe ser excluido del amor de Dios y
del amor de la Iglesia. Eso sí, es ese amor el que nos lleva a anunciar
la verdad que hemos recibido de Cristo y de la Tradición de la Iglesia.
Ningún medio reprodujo su homilía, sino que se
descontextualizaron sus palabras. ¿Es un anti-servicio a la sociedad lo
que hacen los manipuladores, desde algunos medios, retorciendo el
mensaje de la Iglesia?
Los obispos estamos acostumbrados a que nuestras palabras sean, en
ocasiones, tergiversadas, o mal vertidas en titulares escandalosos. Yo
entiendo que no se hace ningún servicio a la verdad cuando se manipulan
las palabras y se oculta la verdad de lo dicho. Todos necesitamos
autocrítica, también los medios de comunicación. Sin embargo, y a pesar
de todo, la Iglesia no puede callar la Verdad. Sería traicionar a
Cristo.